jueves, 11 de noviembre de 2010

Yo quiero vivir para ti: Testimonio de John Elliot (Apostol Griselle Trujillo: Puerto Rico)

¿Sabes quién fue John Elliot? Fue un pastor inglés puritano (-una parte radical del protestantismo que tuvo su origen en la Inglaterra después de la Reforma, durante el reinado de Isabel I de Inglaterra). Elliot proclamó a través de su fructífera vida, que lo que el Señor promete en Su Palabra lo cumple. Elliot tomó las promesas bíblicas, las creyó y vivió para que se hicieran realidad en su vida: “¡Pídeme!, y Yo te daré por herencia la naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra”- Salmo 2:8. “Buscad, pues, primeramente el Reino y la justicia de Él, y todas estas cosas os serán añadidas”- Mateo 6:33.
Elliot nació en Inglaterra y fue bautizado el 5 de agosto 1604. Llegó a Boston (América del Norte), el 3 de noviembre 1631 a bordo del barco Lyon, cuando apenas tenía unos 29 años. Y se convirtió en el pastor de la Primera iglesia de Roxbury en Massachusetts.
Como dije al principio, la mayor pasión de este hombre fue establecer el Reino de Dios y Su justicia en las naciones de la tierra; aunque nunca viajó más allá de Inglaterra y Massachusetts. John Elliot no vino a América, como otros, para enriquecerse; por el contrario, vino con un ardor en su corazón por evangelizar a las naciones nativo americanas que los ingleses habían encontrado en ese continente.
Alrededor de Roxbury habitaban unas 20 tribus de indios. Elliot las llamaba “las naciones”, porque pensaba que esas 20 tribus eran su responsabilidad delante del Señor. Sentía que el Espíritu Santo le encomiaba diariamente a ir a ellos y hablarles del amor de Cristo… Sabía que no tenía que pedir dirección de Dios, pues ya Él había dado la orden: “Jesús les dijo: Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra, id pues, discipulad a todas las gentes, bautizándoles en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; ensenándoles a guardar todas las cosas que os mandé. He aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos”- Mateo 28:18-20. Aquellas naciones también estaban siendo llamadas a doblar sus rodillas delante del Rey de reyes y del Señor de los señores; y le correspondía a Elliot hacer el trabajo- Filipenses 2:10; Ap. 17:14; 18:16. “¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quién no creyeron? ¿Y cómo creerán en Aquel de quién no oyeron? ¿Y cómo oirán sin haber quién predique ”-Romanos 10:14-15.
¿Cómo lo haría? No sabía el lenguaje ni los dialectos de aquellas 20 naciones. No podía comunicarse con ellos. Además algunas de ellas eran agresivas, y algunos de los colonos europeos que se habían establecido en aquellas tierras, habían roto los tratados de paz firmados anteriormente. Elliot no sabía cómo lograría aquella tan grande empresa; pero estaba seguro de que si el Señor lo enviaba, el Señor lo capacitaría. Su oración constante era: “¡Heme aquí, Señor¡ ¡Envíame a mí!”. En cierta ocasión, Elliot dijo: “¡La oración y el dolor alcanzarán cualquier cosa por medio de la fe en Cristo”. Y así fue…
Elliot no se quedó cruzado de brazos; no esperó que viniera el ángel Gabriel o Miguel a someter los corazones de aquellas naciones; por el contrario, usó los dones y las habilidades que tenía para abrir aquel Mar Rojo. Al cumplir sus cuarenta años ya Elliot había aprendiendo el idioma de la mayoría de aquellas naciones, el Algonquin. ¡Nada ni nadie le impedirían alcanzar a aquellas naciones para el Reino! No sólo aprendió a hablar el idioma de aquellas naciones, sino que descifró su vocabulario, su gramática y su sintaxis. Luego, pasó décadas traduciendo toda la Biblia – el Antiguo y Nuevo Testamento – al Algonquin. ¡Oh Dios, y nosotros ni siquiera le podemos hablar de Ti al vecino!
Cuarenta años después, Elliot había fundado innumerables congregaciones entre aquellas naciones; y hasta había capacitado a indios para que pastorearan algunas de ellas. John Elliot murió el 21 de mayo 1690; después de haber invertido todos sus esfuerzos, todos sus dones y talentos y los últimos 57 años de su vida alegrando el corazón de Dios por medio de la evangelización de aquellas naciones.
Yo he decido utilizar hasta el último suspiro de lo que me quede de vida, para alegrar el corazón de mi Señor trayendo a las naciones de la tierra a Sus pies. Yo quiero llegar a Su trono llevando conmigo millones y millones de almas. Postrarme a sus pies y decirle: “Amado mío, aquí traigo parte de la recompensa de todo Tu sufrimiento”. ¿Y tú?
Por: Griselle M. Trujillo ellirio@email.com