martes, 27 de febrero de 2018

EL ENCUENTRO: Luisa Carballo


Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.  Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.  
Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
Lucas 7:36-48

       A veces, aunque Dios se esfuerce en darnos todo lo que necesitamos, nosotros no lo valoramos. Especialmente cuando apenas comenzamos a conocer sus leyes espirituales, desgraciadamente es frecuente encontrar hermanos inconformes, quejumbrosos, amargados, que no albergamos en nuestro corazón el agradecimiento que Dios merece de nuestra parte.

       Pero ¿sabes una cosa mi querido lector? Dios va mucho más allá de toda expectativa. El es un Dios lleno de amor y misericordia. Aunque muchas veces no logremos ver cómo se manifiesta esta misericordia; y lo repito, esto se debe a que no hemos entendido aún cómo funciona el mundo espiritual.

        Era 11 de agosto de 2012. Esa fecha, como el nacimiento de cada uno de mis hijos, mi cumpleaños y algunas otras fechas muy especiales, jamás la olvidaré. Mi entonces aún esposo pidió vacaciones en su trabajo, ya hacía tiempo que lo mencionaba; se notaba en su voz la intención de apartarse lo más posible de mí, o más bien de estar cerca de su familia –quienes lo presionaban fuertemente para mantenerse separado de mí, especialmente su madre, aunque siempre utilizaba formas sumamente sutiles, ella estaba pendiente como guardiana, de que nosotros dos estuviéramos distanciados, aún cuando vivíamos juntos-. 

        Desde una semana antes, comencé a recibir mensajes sutiles de Dios, y en mi corazón sentí la necesidad de hacer limpieza de mis armarios; de toda la ropa que no se necesitaba, mía y de mis hijos. Junté varias bolsas con esa ropa. Primero pensé en regalarla en la iglesia y no se dio, luego quise tirarla pero no me atreví, por último pensé en regalarla a alguien que Dios me pusiera pero nunca vino nadie, así que ahora no sabía qué hacer con esas bolsas y las cargaba en mi camioneta.

         Llegó la noche antes de que mi esposo se fuera de viaje con mis hijos. No los iba a ver en nueve días consecutivos! Mi bebé de un año y medio lejos de mí, me partía el corazón y me daba rabia pensar en eso. Así que lo primero que hice fue lo más común e irreflexivo en una mujer herida: arremetí contra él. Y él, por su parte, también parecía estar esperando sólo un pequeño pretexto para reaccionar como lo hizo.

          Le dije que no tenía dinero para pagar la luz, y de la peor manera que le fue posible me dijo que no iba a darme nada; que no tenía por qué dejar nada porque los niños no iban a estar conmigo esa semana, que lo que él daba no era para mí, era para sus hijos. También se me terminó el gas, y el mandado. No tenía realmente nada, y él simplemente se fue con mis hijos, sabiendo que yo un par de años atrás, estando embarazada, había dejado mi trabajo por cambiarme de ciudad y seguirlo a él; pero no fue argumento suficiente. Era como si él me viera poco menos que un animal, o un objeto que ya no le servía; o quizás era yo como un blanco para jugar a los dardos para él, le divertía herirme lo más fuerte y profundo que le fuera posible. Sin duda él era un emisario del diablo que ató mi vida y la de mis hijos durante demasiado tiempo. No es el caso tratar de culparlo de todo, pero sí es definitivamente cierto que mientras yo pequé de miedosa, él no sólo pecó, sino que se esmeró y disfrutó el ser destructivo, tóxico, venenoso para mí y los niños. El siempre fue la piedra en nuestro zapato, ese estorbo que no nos dejaba siquiera respirar en paz. 

       Era sábado en la mañana cuando él subió a nuestros hijos a su camioneta y se los llevó. Yo no había ni dormido pensando en esa angustia. Era algo que simplemente no podía soportar. Nueve días completos, sin verlos, y lo peor era que sabía que iban a estar rodeados de gente que no convenía, que voluntaria y conscientemente habían contribuido para fragmentar nuestra familia y ahora se llevaban su premio. Ese era mi sentimiento en aquella mañana. Además de la angustia, porque económicamente no contaba con nada. Fue una tormenta tremenda dentro de mí. Caí como resbalada con jabón en aquella provocación. Apenas se fueron ellos, comencé a gritar, a descargar mi ira de todas las maneras posibles.
       Subí a la camioneta, con la idea de vender la ropa que cargaba desde la semana anterior; decidí ir a buscar un lugar en algún mercado de objetos de segunda mano, de medio uso, que en mi país les llamamos “tianguis”. Lo que sigue lo contaré crudamente, pero aclaro que cuando ocurrió, fue aún peor. Sin embargo, no deseo contristar demasiado al Espíritu Santo en los corazones de quienes leen; o quizás lo hago por simple vergüenza; pero como es necesario y el Espíritu me impulsa, lo contaré.

         En el camino al tianguis, yo iba totalmente fuera de mí. Mis heridas ya no tenían espacio en mi alma, así que se empalmaban unas sobre otras, algunas de ellas ya infectadas, otras cerradas que se volvieron a abrir. Yo era un monstruo, espiritualmente hablando. No por maldad, sino por tantas heridas que había por todo mi ser. En esa mañana, fue como un vía crucis para mi Señor, por todo lo que le dije. Le reclamé, lo renuncié, lo culpé, le dije que no quería saber más de Él. Le dije que era igual de falso que todos los hombres, que yo no le importaba, que sólo me quería hacer creer esa mentira. Borrosamente recuerdo las palabras, porque lloraba y gritaba, al grado de que simplemente, fue un milagro de Dios, que yo no haya chocado en esa camioneta. Iba fuera de mí. Lo último que recuerdo que le dije a Dios, fue: “si es verdad que te importo, demuéstramelo.”

        Perdóname Señor, por todo lo que te dije. Sé que ya lo hiciste, pero me duele recordarlo. Sólo lo cuento aquí para que te glorifiques.

       Cuando llegué al tianguis ya no había lugar, así que me regresé a mi casa; entre rezongos y quejas, y puse toda la ropa a la venta ahí mismo, afuera de mi garaje, acomodándola sobre mesas y cajas. Lo peor de mi ira ya había pasado, ahora quedaba la ola de amargura y rencor. 

       No pasaron ni cinco minutos, cuando pasó una mujer embarazada en una camioneta. Ella se detuvo en seco y me pidió que le mostrara la ropita de bebé que exhibía. Se la mostré, y escogió casi $300 pesos mexicanos de ropa, y la compró. Se fue. Y lo único que pude pensar cuando se fue aquella mujer, fue: “Si es verdad que te importo, demuéstramelo.”

      Recordé mis propias palabras, llenándome de vergüenza, y reconociendo que ya no había nada que hacer conmigo, que yo no tenía remedio, era demasiado mala, demasiado soberbia y no tenía perdón lo que le había dicho a mi Señor. Seguí trabajando, en mi casa, donde estaba montando un pequeño vivero con plantas que yo misma multipliqué o germiné. Tenía apenas unas docenas de bebés en pequeñas macetas, pero era un trabajo hermoso y que me ministraba también. Recuerdo que me puse a tejer unas macetas durante el resto del día. Sólo cerré un momento para ir a comprar algo qué beber, pues era verano, hacía un calor tremendo y yo no tenía ni agua en garrafón para beber. En fin, recuerdo que mientras trabajaba, recordé unas prédicas y versículos bíblicos que me había dado el Señor, acusándome de idolatría. Hasta que en determinado momento, por mera inquietud le dije “Yo ya no idolatro a mi esposo, ¿por qué me sigues diciendo que soy idólatra?”

       Un momento después, para mi sorpresa el Señor me respondió. En mi mente escuché un susurro, que me preguntaba “¿qué fue lo que más te molestó de que se llevaran a tus hijos?” Comencé a meditar y llegué a una conclusión. Le dije “Me dolió que me hiciera sentir como un objeto que ya no sirve, y me dejara sola, sin importarle lo que iba a ser de mí.”

-Ahí tienes a tu ídolo-, me dijo.
-¿Yo soy mi ídolo? Pero, ¡si yo ni siquiera me amo!
-Así es, pero aún lo eres. Tú no me permites ser tu Señor. Quieres cargarlo todo en tus fuerzas, tomas tus propias decisiones, no me dejas obrar.

        Aquellas palabras me atolondraron, fueron demasiado extrañas para venir de mí misma. Yo no estaba acostumbrada aún a la idea de que Dios pudiera hablar conmigo, y menos tomando en cuenta que había pasado muchos años escuchando acusaciones sobre ser una enferma mental… Pero bueno, por fin me repuse de la sorpresa, y de alguna manera ejercí fe, creí que realmente era Dios quien me decía eso. Lo creí, porque no podría haber venido de ninguna otra parte ese razonamiento tan sabio, tan fuera de lo que yo pensaba; yo ni siquiera tenía idea de lo que significaba el Señorío de Cristo. No eran MIS pensamientos. Era Él. Aún así, en cuanto me repuse, también se repuso mi orgullo y le respondí:

-Es que yo soy la única persona en toda mi vida que nunca me ha abandonado. Todos me han dejado sola, siempre, yo soy la única que nunca me dejé.
-Pero quisiste matarte. Tú también te dejaste. Tú misma te fallaste.
-Quise hacerlo, pero no lo hice. Y nadie más ha estado a mi lado en los peores momentos, sólo yo. Por eso no confío en nadie, a nadie le importo tanto como para confiar. Todos me han traicionado. Los que más he amado, me han traicionado. Siempre he estado sola.

        Ya no respondió, y en mi estupidez creí que había “ganado” la discusión. ¡Con Dios… qué tonta, qué soberbia!

         En fin, entre "discusiones" y trabajo en mi pequeño vivero, el día terminó. Cerré la “tienda” incipiente que hacía en mi jardín frontal. Me di un buen baño, y me senté a descansar. Los niños no estaban, él tampoco. Estaba sola, podía hacer lo que quisiera. Fui a la tienda de nuevo, y recuerdo haber comprado una sopa instantánea y un refresco; estaba hambrienta, no había comido en todo el día. Así que me dispuse a, simplemente, ver la televisión.

       Fue entonces cuando comencé a notar algo extraño. Escuchaba una vocecita infantil: “Diosito mío”… “Diosito mío”… la escuchaba una y otra vez. Y cuando me extrañó lo suficiente como para ponerle más atención, apagué la televisión, intrigada. Me levanté de donde estaba recostada.  Ahí lo escuché de nuevo…

“Diosito mío, gracias por haberme ayudado hoy, te pido que ayudes a mis papás y a mi hermanita y a mí…”

Era mi propia voz. Era yo, cuando tenía cuatro años; cuando mi madre me enseñó a orar. Pero no identifiqué eso hasta que otra voz me lo dijo, un susurro en mis oídos:

“Así me decías cuando aprendiste a orar; y YO TE ESCUCHABA.”

         Me quedé atónita. Ni siquiera tenía ya el menor recuerdo de aquellas noches, cuando era muy pequeña. Entonces entendí quién era El que me estaba hablando: Era Dios. Era Jesucristo, quien me estaba respondiendo cara a cara, aquellas oraciones que cuando niña, yo lanzaba al cielo, creyendo que en algún lejano lugar, Dios escuchaba. Ahora, 33 años después, Aquél a quien me dirigía, me respondió claramente… “YO te estaba escuchando; SIEMPRE ESTUVE AHÍ.”

      Mis ojos estaban bien abiertos, estaba sorprendida, asustada, pero sobre todo, conmovida… “YO estaba ahí, te estuve escuchando todo el tiempo…” Esas palabras hicieron rodar mis lágrimas sin siquiera percibirlo. Lo noté solamente cuando se convirtieron en grandes sollozos, provocados por aquella voz que más que una voz en mis oídos, era como una mano en mi mismísimo corazón, que lo tocaba y lo volvía sensible, abierto, lleno de heridas sin curar; ahora por primera vez en mi vida, estaba recibiendo una caricia, una caricia dulce y limpia, de verdadero amor. No había reproches, ni insultos, ni indiferencia, ni rechazo; todo aquello a lo que estaba acostumbrada desde niña; por el contrario, esta vez había respuestas, RESPUESTAS, y que venían directamente de Dios… como si yo fuera digna. Pero ahí no terminó el asunto; aún faltaba mucho más:

      “¿Recuerdas que tu mamá se iba de la habitación y tú sentías mucho miedo en la oscuridad, pero de repente, de alguna forma te dormías? Yo te hacía dormir. Y, ¿recuerdas aquella mañana, cuando te ocurrió eso tan horrible? Yo te consolé, y te ayudé a mantener la calma; e impedí que te sucediera algo peor. ¿Y cuando tu padrastro se fue de casa? Fui Yo, que te estaba protegiendo. Y cada una de las veces que lloraste desesperada, los peores momentos de tu vida, en donde pensaste que no había nadie a tu lado, Yo siempre, siempre estuve ahí. Luisa, tú nunca, JAMÁS estuviste sola.”

     A estas alturas, el llanto ya me impedía respirar… No podía creer lo que estaba sucediendo. No podía creer la magnitud y la pureza de su amor y de su presencia. Las palabras que estaba yo escuchando, eran la respuesta áspera a mi “monólogo” de amargura, que había lanzado aquella misma tarde. Dios no me respondió nada en aquel momento, por causas que deben haber sido tan maravillosas que prefiero ahora no ahondar, porque ya mi corazón está muy contristado cuando lo recuerdo. Pero sé que fue por algo hermoso, tanto su silencio, como su hablar. Todo lo que hizo ese día Dios, fue amarme con toda la ternura que yo jamás había ni siquiera imaginado. Así fue como pude articular palabras de nuevo, pero solamente estas:

-i¿Por qué me amas tanto, si soy tan mala?! –eso fue lo que brotó de mi ser. Mi corazón estaba totalmente rendido y abierto, no había lugar en ese momento para ninguna reacción de defensa; su amor y su presencia lo habían tumbado todo completamente. Y para rematar, las palabras que nunca, nunca olvidaré; las que me ataron para siempre a Cristo, fue su respuesta siguiente:

-Al que poco se le perdona, poco ama; y ahora tú ya sabes cuánto Yo te amo. Ahora ve, y tú también perdónalo todo.

        No entiendo cómo, ni puedo explicarlo de manera lógica; pero sí puedo testificar lo que pasó después: El Señor me tomó entre sus brazos, me recargó en su pecho como a una niña, y seguí llorando. Me dijo “Sigues siendo aquella niña de cuatro años para mí, mi princesa.” Y entonces seguí llorando, pero luego descansé, cerré mis ojos y simplemente, me quedé dormida, por primera vez, en los brazos de mi Padre.